viernes, 28 de junio de 2019


PRIMER PREMIO CONCURSO LITERARIO IES ARAMO

SARA GARCÍA IÑESTA -4º ESO-



SOMBRÍA



Mi nariz se pegó al frío cristal del escaparate generando un vaho instantáneo, mientras yo atisbaba con dificultad en el interior oscuro, las manos alrededor de la cara. Cada día pasaba por esa misma esquina, pero hasta esa tarde, no me había fijado en la tiendecilla.











Un cartel con forma de escarabajo oscilaba herrumbroso sobre la calle: “Sombría” - Desde 1903. El casco antiguo había evolucionado a su alrededor, manteniendo su encanto característico con el bullicio diario de los días de mercado llenando cada rincón. Sin embargo, un aura misteriosa envolvía esta esquina, manteniéndola alejada del ajetreo habitual. El escaparate oscuro, adornado con florituras góticas doradas, dejaba entrever objetos de lo más variopintos, por lo que debía de tratarse de otra tienda de antigüedades que dormitaba anclada en el pasado. No obstante, el mismo halo que la había mantenido oculta ante mis ojos durante tanto tiempo, fue el que me instó a abrir la portezuela de espejo e irrumpir de golpe en ese universo paralelo.



Algo parecido a un grito ahogado sonó con mi llegada. Una campanilla metálica con forma de sirena colgaba sobre mi cabeza, anunciando cada nueva visita al interior. Al fondo, sobre un mostrador en la penumbra, un viejo con ojos de búho cuidaba su guarida. Se levantó sin esfuerzo, y con pasos rápidos y cortos se acercó a la entrada donde yo aún titubeaba.



- ¿Buscabas algo en particular, joven?- las palabras salieron de su boca con hostilidad.

- Sí... Algo fuera de lo común para mi tío... Es su cumpleaños, y colecciona antigüedades- dije, no muy convencido, soltando lo primero que se me pasaba por la cabeza.



Antes de que pudiera evitarlo, me había aferrado el brazo con fuerza murmurando:

-Todo lo que aquí puedas encontrar está fuera de lo común- su cara arrugada estaba a un palmo de la mía- husmea todo lo que quieras, pero ojo con tocar algo que no vayas a comprar. Aquí descansan secretos con los que nadie debería jugar...-



Dicho esto, se esfumó tras una estantería mascullando algo incomprensible.



Comencé a perderme entre las maravillas que se ofrecían ante mí, dando rienda suelta a mi imaginación con cada uno de los objetos surrealistas que se presentaban ante mis ojos. Instrumentos de otra época, un gallo de cresta negra disecado, velas cubiertas de escamas, jazmines de porcelana colgando de espejos... Estaba concentrado pasando las páginas de lo que parecía un manuscrito medioevo, cuando una puerta alejada llamó mi atención. El enano del mostrador hacía tiempo que había desaparecido, así que sin pensarlo dos veces, abrí la segunda puerta de Sombría.



Una bombilla titilante iluminaba una mesa situada en el centro de un cuartucho. Sobre ella, un cofre de terciopelo verde botella protegía seis botes oscuros de cristal. Me acerqué lentamente, procurando no hacer ruido, intuyendo que por alguna razón su contenido no estaba expuesto a todo el mundo. Abrí por completo el cofre, y observé con detenimiento cada uno de los botes de cristal, marcados por una etiqueta oscura con una enrevesada caligrafía. Descifrando las confusas letras conseguí leerlas:

105 – Ebonne Nasser - Sacrificio a los dioses, ofrenda sagrada.

365 – Dorian Onisse – Quemado en Alejandría, incendio de cultura.

1353 – Dominick Moore –Portador de la peste bubónica, epidemia devastadora.

1547 – Matteo Coppola – Intoxicación por pigmentos, pintura envenenada.

1850 – Gabriel Menéndez – Naufragio en el Atlántico, hundimiento de travesías.

La sexta etiqueta estaba vacía.



El tiempo parecía haberse detenido de golpe, mientras todos esos nombres de épocas lejanas zumbaban en mi cabeza. Fue el último de los botes el que llamó mi atención. La etiqueta incompleta ejerció una atracción magnética sobre mí, mientras algo burbujeaba en el interior intensamente.



Lo cogí con dedos temblorosos. Alargado y con adornos de malvas, su frío cristal vibrando con el repiqueteo de mi acelerado pulso. El sudor se congeló en mis poros, a medida que giraba la tapa dispuesto de una vez por todas a descubrir su interior.



Una espesa bruma comenzó a salir lentamente, mientras un olor a azufre inundaba la sala. En unos instantes, todo se había llenado de niebla, atrofiando por completo mis sentidos. Me ahogaba, el humo atascaba mis pulmones, era mi propia tos lo único que oía. El espacio giraba a mi alrededor y, dominado por la ansiedad, lo último que vi antes de que todo acabara, fue cómo la etiqueta revelaba un último mensaje:

2019 – Luis Rodríguez – Intriga catastrófica.

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